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LA TRADUCCIÓN LITERARIA: QUÉ ES Y QUÉ EXIGE PARA SER EXITOSA

Si te enganchaste a la saga de Harry Potter, tu juventud la marcó la poesía de Baudelaire, se te pone la piel de gallina con las novelas de Stephen King o crees que Haruki Murakami debería haber ganado ya el Nobel de Literatura, una parte de esa admiración se la debes a sus traductores.

La traducción literaria seguramente sea una de las más complejas y la obra final tiene tanto del autor como del traductor.

La dificultad de la traducción literaria

Hablamos de traducción literaria cuando se traduce una obra creativa (novela, poesía, teatro, relatos, etc.) a otro idioma tratando de preservar al máximo no sólo las palabras del autor, sino también su intención.

Y es que cuando traducimos un post de blog corporativo, un manual, una ficha de producto o un contrato, principalmente traducimos información. En el caso de una obra literaria, esa información en la obra original busca de forma premeditada causar un efecto: de belleza poética, de ironía o humor, de engaño, de tensión, de fluidez narrativa, etc.

El problema radica en que estos efectos son locales para la lengua y la cultura de origen. Un chiste puede tener mucha gracia en inglés para un inglés, y traducido al español no tener ninguna. Un juego de palabras en un idioma suele ser intraducible (de forma literal) en otro. Una sintaxis determinada puede requerir alteraciones en la traducción para mantener el efecto poético-narrativo buscado.

En resumen, el traductor literario necesita tirar de un amplísimo conocimiento de las lenguas y culturas de origen y destino para poder realizar un trabajo solvente. Y también, siempre que sea posible, necesita contactar con el autor original para que le aclare el sentido o intención de determinados pasajes.

Igual de importante es un tercer requisito: que el traductor tenga capacidad creativa/literaria propia.

Traduttore, traditore

“Traductor, traidor” es un concepto muy manido en este campo, que no deja de ajustarse a la verdad. Porque la simple traducción de palabras no puede transmitir las sensaciones exactas del original, y por tanto el traductor se ve obligado a poner de su cosecha, a manipular las frases, a sustituir un concepto por otro que se ajuste más en el idioma de destino a lo que se quería decir en el idioma de origen. Esto es especialmente evidente en la traducción de poesía, que es “intraducible” porque las métricas y las rimas, la forma del poema, siempre cambian en otro idioma.

En una traducción literaria hay muchos momentos en que el traductor tendrá que alejarse deliberadamente de las palabras originales para traducir el concepto… o no:

Traducir los nombres propios

No existe una normativa sobre si deben o no traducirse, quedando a elección del traductor en función de la idoneidad o la propia aceptación del término original en la lengua de destino. Un ejemplo claro de esto son los X-Men, que entraron en nuestro país como “La Patrulla X”, transformándose de nuevo en X-Men años después, cuando la aceptación general del nombre anglosajón ya era masiva.

¿Es mejor dejar Jon Snow o traducir a Jon Nieve?

¿Y si en vez de eso le cambiamos el nombre? En la Saga de Geralt de Rivia de Andrzej Sapkowski, uno de los personajes se llama Jaskier en el polaco original, un término que significa “botón de oro”, un tipo de planta. En español se mantuvo Jaskier, pero al traducir al inglés quisieron traducir el concepto “botón de oro” y llamarlo “Buttercup”. Pero les pareció demasiado femenino para un personaje varón, así que lo cambiaron por “Dandelion”, que significa “diente de león”.

Esto mismo aplica a los nombres de lugares: al final, depende de la opción literaria del traductor, a ser posible tras contacto con el autor.

Traducir figuras retóricas y juegos literarios

Las figuras retóricas explotan al máximo cada lengua para producir un efecto en el lector de esa misma cultura. Por lo tanto, son intraducibles de forma literal y el traductor se ve obligado a buscar una figura equivalente o un uso del lenguaje de destino que consiga el mismo efecto en el lector de esa otra cultura.

Pero de nuevo aquí, las licencias del traductor son subjetivas y pueden responder a diferentes sensibilidades. Heart of Darkness, de Joseph Conrad, se tradujo casi siempre como “El Corazón de las Tinieblas” igual que podía haberse traducido como “El Corazón de la Oscuridad”… aunque una versión reciente editada por Espuela de Plata y traducida por Juan Luís Romero Peche optó por titularlo como “Alma Negra”.

Otro gran ejemplo es la novela Baudolino, de Umberto Eco. Traducir a Eco siempre es un desafío, pero Baudolino riza el rizo con un primer capítulo escrito en una lengua inventada, un supuesto italiano medieval muy latinizado pero a la vez vulgar, y con incorporaciones del alemán y otras lenguas o del dialecto piamontés, comprensible para el lector italiano pero no para el resto. La sufrida traductora al español, Helena Lozano Miralles, tuvo que inventarse una lengua equivalente comprensible, descartando salpicarla de elementos gallegos o portugueses, y centrándose en un castellano arcaico como el de La Fazienda de Ultramar, salpicado de términos gascones o incluso catalanes.

En resumidas cuentas, el traductor literario es traductor y literato. Tenemos ante nosotros el tipo de traducción más complejo de nuestro sector al ser necearios un conocimiento magistral de las lenguas de origen y destino y el contacto con el autor.

Pero quizá sea, de algún modo, la más satisfactoria.

 

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